HUMO
No hay peor distancia que la que separa tantas veces los versos de mis manos a escasos centímetros. Las hojas de mi libro se abandonan en dramáticos pedacitos que anuncian frustrados el ineludible otoño. No hay peor carroña que la que desarma tantas veces los pasos directos a mi tinta, como si ya no pudiera escribir más que sms. Y me reconcome, tantas otras, la avidez de querer subirme al mismo podio que todos esos poetas muertos y leer la satisfacción de mis propias frases. Pero ya no. Como si se hubiera perdido en el corto camino mi aliciente, el fuego que antes encendía mis manos y ahora solo leyese humo.